Si el cuerpo es el templo del alma. La vela es el castillo de la llama. La luz que se resguarda y que habita en nostros.

Narra la historia, que no hace mucho tiempo, existía un hombre capaz de sanar con sus manos el dolor de nuestros cuerpos. Cuerpos debilitados, desgastados y cansados. Y a pesar de la energía que él depositaba, no era suficiente, puesto que las personas seguían viniendo, sus dolores, nunca se iban. Cambiaban de brazo y a veces de pierna.

Comprendió, enseguida, que aquel dolor era interno.

No dejó nunca la sanación, ni la energía, ni el amor que ponía, pero sintió, que el camino lo conducía hacia otro lado. Pues solo existe una forma de sanar, y esta se encuentra adentro. Adentro del templo, adentro del castillo, adentro, allí donde la luz brilla, allí donde reside el alma.

Sin dinero al bolsillo y el corazón latente, hizo de este proyecto el amor de su vida. Un viaje largo y lento, un reencuentro con él mismo, un aprendizaje junto a las velas, y es que, poco a poco, ellas se convirtieron con su Maestro.

Continuó sanando y continúa curando, porque a pesar de su ausencia, su amor, su luz y su Ser, reposa en la llama de una vela encendida.

Las velas siguen quemando, cada día con más luz, cada vez con más fuerza.

Siguen llegando a aquellos que las sentís con el corazón, que las veis con los ojos del Ser.

Es vuestro reflejo. El Templo, y el Alma.

Gracias.