Había contemplado su rostro décimas de veces, deslumbrada por la calidez de su mirada, la ternura de su sonrisa y la espontaneidad de su esencia. Sentía la caricia de sus palabras y los callados silencios a altas horas de la madrugada. Veía la luz del alma en la llama de una vela encendida y sentía la pureza de su amor en cada uno de los latidos de mi corazón.
Tardé en entender que él estaba en mi. Que aquel bello rostro que veía era el reflejo más puro de mi ser, era la luz de mi alma aquello que me deslumbraba y era la esencia de mi amor aquello que más apreciaba. Había contemplado su rostro décimas de veces y aquella era la primera vez que me miraba.

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